sociedad
Con los ojos llenos de lágrimas pero el alma encendida, una marea humana se concentra en Avellaneda para darle el último adiós terrenal al hombre que musicalizó los dolores, las alegrías y la resistencia de varias generaciones.
Hay dolores que no se pueden explicar con palabras, solo se sienten en el pecho y se cantan bien fuerte. El país despide a Carlos Alberto "El Indio" Solari. La noticia deja un vacío que muerde el corazón de millones de seguidores, esos mismos que hoy lo lloran en cada esquina, pero que también eligen juntos abrazar su memoria como los eternos "graciosos y valientes" que él mismo nos enseñó a ser.
El epicentro de este adiós de película es el Microestadio Gatica, en el Parque Domínico de Avellaneda. Estaba previsto que su "misa" comenzara a las 11:00 de este domingo, pero el amor no entiende de relojes: una marea humana incalculable colmó los alrededores desde el viernes, obligando a los organizadores a abrir las puertas una hora antes. Desde la noche del sábado, cientos de almas encendieron una vigilia hermosa y desgarradora a la vez, donde los tatuajes con su rostro, las banderas gastadas, el baile y el rocanrol curaron el frío de la noche. En un gesto de pura sensibilidad y respeto hacia esa fidelidad incondicional, la familia del artista decidió no poner un límite horario para el ingreso, permitiendo que la tristeza se mezcle con la alegría y los recuerdos compartidos en una ceremonia que ya es parte de la historia popular.
Ese idilio ciego y pasional nació cuando, junto a Skay Beilinson, comandó el fenómeno social más grande de nuestra cultura al frente de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Desde la inocencia rebelde de Gulp! en 1985 —hogar de "La bestia pop"— hasta la oscuridad combativa de Oktubre en 1986, donde "Ya nadie va a escuchar tu remera" y "Ji ji ji" se convirtieron en tatuajes del alma. La masividad se hizo carne con la crudeza de Un baión para el ojo idiota en 1988 y el grito herido de "Todo un palo", alcanzando la madurez más profunda en 1996 con ¡¡Luzbelito!! y esa caricia al alma que es "Juguetes perdidos". Tras los Redondos, el romance no se apagó; continuó su viaje de masas junto a Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, regalándonos la poesía de El tesoro de los inocentes [Bingo Fuel] en 2004 y la belleza de Porco rex en 2007, con himnos como "Y mientras tanto el sol se muere" que hoy cobran un sentido casi místico.
Sus letras hechas de metáforas, su bandera de absoluta independencia y el amor de sus fieles transformaron los recitales en los pogos más grandes y emocionantes del mundo. Hoy, el cuerpo cede, pero la mística es inmortal. Su obra seguirá resonando de generación en generación en cada rincón donde suene un acorde, mientras miles de "graciosos y valientes" custodian con sus banderas el paso del Indio hacia la eternidad.
Indio Solari · 1949 - ∞
